(Por Don Renegón) El desafío era encontrar un motivo para renegar en un día en el que la felicidad copó las calles por el triunfo. Y aparecieron, no solo uno, sino varios. Eso es lo lindo de este país. La patria futbolera lo puede todo. Hacer sonreír hasta a los más amargos, como ocurre con quien escribe estas líneas, y esa gracia alimenta los motores de la productividad.
¿Alguien se encontró con un jefe o un compañero de trabajo enojado? Nadie se quejó de nada, sino que como hizo Lionel Messi, se puso el equipo al hombro y dio un poco más de lo que normalmente da. Habría que hacer un estudio profundo para determinar si aumenta o no los niveles de producción después de un triunfo de la Selección en un Mundial. Estoy convencido de que los economistas se llevarán una sorpresa y muchos querrán que todos los meses haya un certamen así.
Pero bueno, como dice la publicidad, basta de tanta dulzura, en este caso, alegría. La primera renegada surgió al recorrer la peatonal de calle Mendoza. Pareciera que los goles de Messi han alimentado la especulación de los vendedores ambulantes. Antes del debut, una camiseta trucha de la Selección se vendía a $15.000 (para pequeños) y $20.000 (para adultos). Los dos triunfos no solo aceleraron un incremento de por lo menos el 25%, sino que ahora aparecieron las que tienen el escudo de la AFA bordado, que lo encarece un 20% más. Ojo muchachos, no se aviven, porque después la tendrán que regalar si es que Argentina no avanza.
La jornada laboral transcurría tranquila. Pero nunca hay que decir nunca. De golpe, sin anuncio previo, se vino un tsunami de técnicos. Ahora resulta que todos se recibieron de entrenadores, saben de tácticas y hasta conocen las cualidades de cada uno de los jugadores de la Selección. Lionel Scaloni es un analfabeto futbolístico a la par de estas personas. Pobre tipo, si se llegara a enterar de todas las ideas de estos especialistas que se ponen los buzos de DT durante un mes.
El regreso al hogar también fue distinto. Hubo motivos para sonreír. Más me alegré cuando crucé al sodero, el rey de la mala onda del barrio. Se hace el picante porque aún conserva la camiseta original del Mundial 1978, aunque claro está, tenía 25 kilos menos cuando la estrenó. Imagínese cómo le queda. No solo parece una debresina, sino que también ya está amarilla por tanto uso.
Ese hombrecito se la pasó diciendo que Argentina no le había ganado a nadie y que Austria mostraría el verdadero nivel de la Selección.
- ¿Y ahora qué va a decir, maestro?, le pregunté.
Levantó la vista, acomodó las hojas de coca que tenía en la boca y respondió:
- Cuidado con los jordanos.
Ahí entendí que no importa si Argentina gana, gusta, golea o sale campeona del mundo. Hay personas que necesitan sufrir. Viven para eso. Se alimentan de la preocupación. Son capaces de encontrar una nube en medio de un cielo completamente despejado. Lo dejé hablando solo. Si seguía cinco minutos más, era capaz de explicarme que Jordania tenía mejor mediocampo que el Brasil de 1970.
El almuerzo familiar también fue distinto. Las bendiciones contaron su experiencia pospartido y comenzaron a contar qué promesas están dispuestas a cumplir si es que la “Scaloneta” vuelve a dar la vuelta olímpica. Los interrumpí:
- Me parece perfecto, siempre y cuando no implique un gasto en peluquería, ropa, viajes y cualquier otra cosa que se les ocurra. Ya se gastó el medio aguinaldo.
La madre, como siempre, apañadora serial, me clavó la mirada de descontenta. Buscando poner paños fríos a la situación, prendí la televisión. En todos lados (lo único que no probé fueron los canales de cocina) aparecían periodistas, técnicos, jugadores y futbolistas retirados explicando quiénes y cómo juegan los posibles rivales de la próxima fase. Además de dar clases modernas de geografía y cultura, otros, apoyados con pizarras, trazaban líneas, las borraban y después las volvían a dibujar. No entendí nada de lo que pretendían explicar. Sí descubrí que no importa cuán grande sea la felicidad, siempre hay motivos para renegar.